Ella

 

Sabía, por motivos ancestrales,

que las mujeres eran ideales,

casi sagradas, siempre intocables,

figuras de los sueños inmortales.



Mas Ella me mostró que eran reales,

al alcance de mis manos, tan mortales,

con risas, con dolores, vulnerables,

y en su verdad hallé dones vitales.



No dioses, no alta imagen venerada,

sino presencia humana y cercana,

la carne que respira y que se ama.



Así cayó la máscara sagrada,

y en su mirar la vida se desgrana:

mujer de luz, tan simple y tan humana.

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